Edimburgo me espera. Lo sé. El cielo encapotado continuamente, la lluvia fina resbalando por mi chubasquero. Que nunca me atrape el sol. Un par de pintas y un whiski con hielo. Desayunos de 4 libras. Acento raro. Dialectos. Fútbol. The Scothsman. Rubios y rubias. También españoles. Mi casa de barrio edimburgués. Coger el autobús. ¿Tendré bicicleta? Espero que Anne me lleve al teatro, o al cine. Llamaré a mi familia. Sí, todo bien. Me quedo aquí a vivir. No hija mía. Bueno, ¿te mandamos dinero? ¿Has aprendido inglés? Yes, of course.
Ya tengo la ruta preparada. Hoy estoy preparando la maleta. En los últimos cinco años he hecho cientos de veces la maleta pero nunca sé bien qué meter. Menos aún ahora que voy a un lugar tan húmedo. Llevo mis botas de agua, mis zapatillas de montaña, el chubasquero con polar nuevo, toalla, pantalones (remetidos para que no arrastren y se mojen), jerseys, camisetas, los calcetines de talla única de cuando iba a esquiar, bragas por supuesto, comida vegetariana, el jarabe del estómago, un mp3 con radio, la cámara de fotos, el minitrípode, el diccionario de inglés, ostia! un regalo para Anne! (...debo pensarlo), plancha del pelo, cuaderno y boli, un paquete de pañuelos. Y un fajo de libras. Poco más necesito, espero.
El sábado cojo todo rumbo a Madrid, la ciudad maldita en medio de todo. El trayecto de la A-2 me hará llorar de nuevo, la estación de avenida América me traerá inevitables recuerdos y el vagón de la línea 6 de metro me hará sentir otra vez extraña en mi propia existencia. En seguida estaré con mi amiga de Lugo, Isa, y nos pondremos al día de nuestras vidas. Haremos un repaso a aquel año erasmus en Salerno y a este último en Madrid. Me despediré hasta nunca (como siempre) de la metrópoli dando un paseo por el Rastro, y quizá no supere la tentación de llamar a quien me prometí no llamar nunca más cientos de veces.
Entonces habrá llegado la hora de coger el metro hacia la T1 de Barajas, y allí esperaré y esperaré, en uno de esos no lugares indescriptibles, pero ideales para hacer pruebas de foto con los reflejos de los aviones despegando y aterrizando. El vuelo será uno más como fueron todos los anteriores: Leer, dormir, leer, mirar por la ventana, charlar un poco. Y ya hemos llegado.
En el aeropuerto de Edimburgo cogeré un autobús que me dejará en el centro, allí podré optar por dos buses urbanos que me dejan cerca de Newhaven, mi barrio edimburgués. Sólo me quedará encontrar el número de mi calle, hacer toc-toc, comprobar que Anne no está (ya me ha avisado), hacer toc-toc en la casa de al lado y esperar que estén las llaves. Entonces entraré en mi casa edimburguesa y me tiraré en el sofá, o miraré el jardín, o me daré una ducha, o inspeccionaré la casa, o me fijaré en los cuadros del salón... Quizá me dé tiempo a hacerlo todo antes de que llegue mi "familia" (Anne), a las 10 pm.
¡¡Se nota que tengo ganas!!
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