Una pequeñísima gota de polvo. Así me siento hoy, y ayer, y casi todos los días últimamente. Últimamente en estos últimos 24 otoños. Últimamente en estos últimos septiembres que sin querer ya son octubres. Es el momento de comenzar los proyectos mentalizados durante el verano. Madurar el horizonte y cultivar la tierra que hasta ahora permanecía inmóvil en la mente.
En otros tiempos, comenzar octubre significaba comenzar el curso, recoger apuntes, mirar bibliografía, conocer compañer=s, profesores, cafés de reencuentro. Significaba continuar comenzando.
Sin embargo, este año entro en mi estación favorita con un batacazo y medio gordos. Uno, en forma de conflicto laboral. El y medio, de indecisión constante y dispersión.
Este domingo me voy a Edimburgo, en un momento lleno de incertidumbres, de miedos, de desidia... Y no por pisar tierras escocesas, tampoco por no conocer el idioma, ni si quiera por el vuelo, o por los nervios del primer día de clases. Quizá lo que me inquieta es el después. ¿Noviembre? Es uno de mis meses favoritos. El frío comienza a apretar. Quedarse en la cama es una gozada, para salir de casa hay que ponerse ya gorro, bufanda y guantes. Además, es un mes tranquilo. Es el mes de leer por placer (no por obligación, como en enero) y el de las visitas que se quedan largo rato porque afuera llueve. Claro, esto ocurre cuando eres estudiante.
La buena vida terminó.
Todo apunta hacia la vida adulta. Buscar un hueco en el que quedarse, por un tiempo. Encontrarlo, trabajar mucho mucho mucho. Ganar dinero. Cambiar de hueco. Y así por los siglos de los siglos. ¡Qué fastidio la vida adulta!
Me he apuntado al CAP. Si algún día llego a ser profesora, ¿qué podré enseñarles a l=s peques? ¿qué ejemplo les daré?
¡Cuántas incógnitas me impongo! ¿Por qué no soy capaz ahora de dejarme llevar?
lunes, 8 de octubre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario